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domingo, 21 de febrero de 2021

Bajo la luz de gas

 Londres, 1889.

El corazón del ahora más poderoso imperio del orbe todavía se está recuperando de la conmoción que sufrieron sus ciudadanos, testigos aterrorizados de los atroces crímenes del Destripador. A principios de marzo todavía no ha pasado demasiado tiempo, y las cábalas y conjeturas siguen siendo recurrentes en las calles, pubs e incluso clubs más distinguidos.

No obstante, la vida sigue. Y el Imperio Británico ha vuelto a tomar aire para volver a arrojar su aliento sobre el mundo. La Reina Victoria sigue en su trono (Nuestro Señor le conceda siempre un continuo estado de gracia, buen discernimiento y una vida larga), y cada británico, idealmente, ocupa el lugar que le corresponde en la sociedad, gracias a unas sólidas leyes y férreas costumbres.

Las clases acomodadas inglesas hacen alarde de unos modales y maneras exquisitos. La presencia en sociedad lo es todo, y uno ni debe alimentar rumores justificados ni permitir los injustificados. El "qué dirán" es un criterio de actuación, una regla no escrita, fuertemente afianzada, sólida y palpable, y su transgresión puede acarrear pérdidas de estatus, el aire que respiran estas clases.

Por supuesto, lo bueno y lo malo, lo vigente y lo demodé, lo esplendoroso y lo decadente, es algo que es dictado desde dentro de estos círculos. Las habladurías, las invectivas exitosas, las sentencias u opiniones pronunciadas por alguien cuya compañía alimenta el prestigio son elevadas rápidamente al rango de verdad o de norma, y los comportamientos o palabras que rozan o pasan ciertas líneas son rápidamente aprovechados y expuestos en público a la menor oportunidad por aquellos que buscan el medro a costa del hundimento de otros. Así pues, una cierta paranoia se mezcla con la aparente autocomplacencia y sentimiento de seguridad de estos próceres, paranoia que se materializa en una continua represión de las pasiones, vistas por estos pseudoestoicos del siglo XIX como algo mundano y propio de las clases bajas o las mentes más pusilánimes. De este modo, todos exhiben una máscara social rígida y encorsetada bajo la que ocultan muchas veces sus verdaderas personalidades, a veces en el lado diametralmente opuesto del espejo con el que se dejan ver ante sus semejantes. La represión continua en el club, en el trabajo, en la calle o incluso en casa, la necesidad de una apariencia continua no hace sino dar de comer en ocasiones a un monstruo enjaulado que acaba por salir, por supuesto a escondidas, clandestinamente, aprovechando la nocturnidad y la espesa niebla que se forma demasiado a menudo en la ciudad. No es de extrañar que tres años atrás, Mr. Robert Louis Stevenson tuviera un buen caldo de cultivo para escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una atinada alegoría de esta doble moral, tan victoriana como Su Majestad.

Ser Británico, y especialmente ser inglés en esta época significa ser nativo de la nación más poderosa del mundo. Sentir ese poder es algo ineludible. Estar orgulloso de él o denostarlo, justificarlo de toda manera posible o ver ¡El Horror! que ha supuesto ese poder, ser un verdugo y asesino y haber conseguido la gloria en nombre de la Corona, glorificar sus "hazañas", o haber hecho el viaje desde la Verde Inglaterra hasta el Corazón de las Tinieblas, es otra cosa. O simplemente permanecer en la ingenua complacencia que ofrece el desconocimiento consciente y selectivo de ciertos temas "demasiado desagradables para los oídos de personas distinguidas". O creer que a pesar de todo lo malo o acaso reprobable que se haya hecho, el fin justificará los medios y el Imperio será el bastión, la cúspide de la civilización...

Esta es una modesta pincelada del contexto en el que se crearán vuestros personajes para la próxima o próximas partidas de Cthulhu Luz de Gas, la ambientación victoriana para La Llamada de Cthulhu, por obra y gracia de la petición de Angelito. Es mi primera incursión en este periodo, así que os pido disculpas por adelantado por todos los anacronismos, inexactitudes y pifias que harán que Su Majestad se agite en su tumba (como me dijo en una ocasión un anciano argentino que conocí, "¡Que Dios la conserve bajo tierra durante muchos años!).

Vuestro alter ego en este universo decimonónico deberá ser de una clase respetable. No hace falta pertenecer a la aristocracia, pero sí a un sector de la burguesía que viva cómodamente y que aunque sea posible que se nutra de sus actividades económicas, también necesite de este prestigio artificial para sobrevivir y prosperar. Evidentemente, vuestro personaje puede abrazar este modo de vida y sentirse y ser parte activa de él, o puede en secreto despreciarlo y estar en él por diversos motivos e intereses. Por otro lado, podéis ser desde el (o la) cabeza de familia de vuestro patrimonio hasta el niño rico y caprichoso que está dilapidando la fortuna familiar a base de una vida hedonista y decadente con lo peor de vuestra clase social (es decir, con los artistas, estudiantes expulsados de varias universidades y demás alimañas. O ser uno de ellos, ciertamente).

Debéis tener un interés sincero y genuino (o si no, fingirlo) en las ciencias ocultas. Están de moda en el Londres victoriano. Quien no busca contactar con espíritus intenta fotografiar hadas. Las sesiones de espiritismo son habituales y hay una cierta ambivalencia respecto a los juicios de valor que de ellos formula la alta sociedad. La puerta que separa mundos es tenue en esta época, a los ojos de la sociedad británica y los beneficios o perjuicios que dichos mundos puedan acarrear son otra fuente de conocimiento legitimado por ciertos sectores. Incluso hay sociedades reconocidas especializadas en lo oculto. Como decía, vuestro interés ha de ser sincero, pero puede venir desde diversas perspectivas. Podéis ser firmes creyentes, haber pasado por alguna vivencia extraña o, en el otro extremo, podéis ser acérrimos defensores de los ideales ilustrados y la ciencia empírica y estar fingiendo ese interés solo para recopilar datos y experiencias que al final sirvan para demostrar que todo no es más que superchería. Quién sabe, incluso puede que estéis escribiendo un libro acerca de ello. Eso sí, aparente o no, de cara a la galería todos tenéis, como rasgo de vuestra reputación, fama en estar interesados y hasta algo versados en las ciencias ocultas. 

Podéis conoceros o no y tener vínculos emocionales (amistades, parentesco, etc.) o carecer de ellos. De todos modos, el escenario empieza con la invitación a una fiesta a la que no podéis faltar, y si todavía no tenéis el placer de haber sido presentados entre vosotros, el evento será un magnífico pretexto.

Vuestras profesiones deberían ser acordes con las propias de la clase media-alta o alta de entonces. Algunas de los propuestas para los años 20 no encajan. Pensad en personajes basados en los que aparecen en los casos de Sherlock Holmes, o en artistas hijos de papá, diletantes, etc. La imaginación al poder, las posibilidades son muchísimas.

Por cierto, y hablando de Holmes, no sé si recordáis esa magnífica serie que produjo la BBC en los 80, con Jeremy Brett interpretando al detective. Emitieron muchos episodios, si no todos, por lo menos en TV3. Es una muy buena fuente para ambientarse, inspirarse para hacer un personaje... y para disfrutarla sin ningún otro motivo, por cierto. No creo que sea muy difícil haceros con ella. Y si no, la tengo en DVD.

Estos día podemos ir hablando de vuestros personajes y les vamos dando vida. Usamos Whatsapp y/o correo electrónico.

La primera entrada del blog (ahora situada más abajo) corresponde a la invitación de la fiesta en la que empieza el escenario. Como dice Holmes, "¡Empieza el juego!

 




Bajo la luz de gas

 Londres, 1889. El corazón del ahora más poderoso imperio del orbe todavía se está recuperando de la conmoción que sufrieron sus ciudadanos,...